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"PASTILLAS DE COLORES "

Dtor. Olivan

No existe impronta más profunda que la que dejan las emociones en la memoria de un niño. De los escasos recuerdos que Ainhoa conserva de su niñez, pocos tan nítidos como las caras de sus padres y del abuelo Manuel el día que fueron al neurólogo.

En los meses previos, la madre de Ainhoa observó un ligero temblor en la mano de su padre. Durante las comidas, viendo la televisión o mientras lo acompañaba al Hogar del Jubilado, no había más miradas que las que dirigía al movimiento trémulo de esa mano añosa. Y era precisamente esa escena la que Manuel trataba de evitar desde hacía tiempo. Dejó de jugar a las cartas con sus compañeros con la excusa de que el humo del tabaco le iba mal para su bronquitis y apartó, a medio hacer, la maqueta de un galeón del siglo XVII por supuestos problemas en la vista. Se aprobó una ley contra el uso del tabaco en lugares públicos y se operó de cataratas, pero él siguió evitando el uso fino de sus manos. Un día la madre de Ainhoa miró fijamente a su padre y le comentó que debería verle un médico. Los dos sabían que el temblor de la mano y el caminar cansino eran algo más que el curso inexorable del tiempo.

En la inmensidad de la sala de espera miró con disimulo al resto de los pacientes y pensó que de todos los posibles veredictos el suyo iba a ser el más nocivo. Aquella mañana Manuel era una historia clínica más en el carro que arrastraba el celador, un dato frío en el listado del Doctor Buenaventura y, sin embargo, su angustia, ese miedo ciego que le crecía en el pecho, le hacían sentirse único. El centro de un universo oscuro e inabarcable.

Manuel mejoró tanto con el tratamiento que durante unos meses no comprendía ese afán del Doctor Buenaventura por verle cada 6 meses. Durante una temporada Ainhoa vivió sin la necesidad de percibir ese ambiente gélido que congeló el tiempo. Ainhoa era el ojito derecho de su abuelo. Él encontraba en ella el sustento moral que a veces le faltaba y ella disfrutaba con la cada vez más colorida colección de pastillas del abuelo y con esa precisión con la que mirada al reloj para tomarlas.

El día del cumpleaños de Ainhoa sus amigos del colegio acudieron a la fiesta familiar. Sus padres portaban una tarta con once velas y tras ellos, con paso indeciso y cara inexpresiva, Manuel portaba un voluminoso paquete envuelto en celofán azul. Uno de los niños, con la percepción precisa y la inocencia que los caracteriza, le comentó a Ainhoa que su abuelo parecía un robot.

Cuando acabó el encuentro Ainhoa se quedó sola. Por más que era cierto que los movimientos del abuelo habían perdido la gracia de otros tiempos, sabía que en el fondo de ese corazón latía con fuerza un sentimiento profundo de amor y entrega que no podía imaginar en ningún androide. Entonces, retiro el papel de celofán y un magnífico galeón del siglo XVII arrebató sus pensamientos en una singladura de olas.

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