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"RESPLANDOR"

Autora: ASTREA (María Luisa Vallano Martínez)

Clara contemplaba el atardecer en sus montañas, aquellos montes lejanos que con la luz crepuscular se volvían azulados. Desde la ventana de su nueva vivienda se veían las montañas al fondo, algo que siempre le había gustado porque estaba acostumbrada a verlas desde niña.

Sentada en el sillón que había situado frente a la ventana, contemplaba muchas tardes los distintos resplandores cuando el sol se ocultaba en el horizonte, oscurecía lentamente dando lugar a un color tornasolado. Hoy además, estaba mirando un cuadro, que tenía colocado junto a ella. En su afán por renovar la decoración, se le había ocurrido cambiarlo de marco, podía embellecer aún más las paredes de la casa. Era un dibujo a carboncillo que representaba un paisaje no muy claro.

Tenía la ventana abierta, habitaba un lugar de la ciudad privilegiado para su gusto, sin tráfico y con bellas vistas. La incipiente primavera daba a la tarde un aroma diferente de recuerdos y nostalgia, que unido al sonido de campanas de una iglesia cercana, la trasladó a otro lugar y otros momentos del pasado.

¿Cuantos años desde entonces, 20, 25? Transcurridos de un plumazo, como si hubiera sido ayer.

Recordaba otra ciudad y otra primavera. Vivía en un lugar lleno de historia, en una calle del centro en la que cada casona debía de guardar un misterio en su interior. Fue el año mas intenso en su época de estudiante. Tenía la pequeña ciudad un aire entre artístico y bohemio que le marcaría profundamente.

Al volver del colegio lo hacía recorriendo toda la calle, para contemplar aquellas casas que tanto despertaban su curiosidad. Eran de piedra, de grueso sillar, con blasones en cada fachada, con sus ventanales, con sus enigmas. Le llamaba especialmente la atención la del número 15, en la que habitaba un pintor cuya imagen desconocía, pero que cada jornada, desde que iniciara el curso en octubre venía observando, porque había unos cuadros en la puerta, que sacaba para que se secaran mas rápidamente, con el débil sol, que a esa hora daba una tonalidad dorada a toda la piedra.

Clara miraba los cuadros, empezó a despertar en ella una pasión por el arte que la acompañaría toda la vida.

No veía a nadie, seguía su camino, cuando volvía por la tarde estaban recogidos, casi siempre eran paisajes de grueso trazado y con el dibujo impreciso.

Por fin lo vio tras los cristales, él se había dado cuenta de que la joven se paraba cada día a contemplar su obra, decidió dedicarle unas palabras:

- ¿Qué miras muchacha?
- ¡No, nada! Es que me gustan sus cuadros.
- ¿Todos?
- Si, todos, son unos paisajes muy bonitos

Le sonrió. Tenía una mirada transparente, pero había algo en su aspecto que desorientaba a Clara, vio que sus manos temblaban sin saber lo que sentía, debía de ser muy difícil manejar los pinceles con aquellas manos tan inquietas. Tendría unos sesenta años y toda la sabiduría de una vida, pero el semblante no se ajustaba a lo que ella había imaginado, le produjo una inquietud.

- Ya que veo tu interés, cuando haga una exposición te lo diré.
- Gracias, iré encantada

Se había ido fraguando una estimación afectuosa entre la joven que descubría un mundo apasionante y la familia del pintor que la veía como lo que podía haber sido una hija.

Pasaron algunos meses sin que volvieran a aparecer los cuadros en la puerta, Clara se preocupaba por si algo le hubiera ocurrido.

Una mañana de domingo que amaneció soleada, lo vio sentado en su silla, sin cuadros.

En la ciudad castellana, el invierno era tan largo y frío, que sumía a sus habitantes en un letargo del que costaba retornar hacia la vida, de modo que con los primeros rayos todo comenzaba a resurgir.

Se paró a saludarlo. El se alegró de verla.
- ¿Quieres ver lo que he pintado este invierno?
- ¡Si! Me gustaría mucho
- Mi esposa está preparando la comida, quédate con nosotros si tu familia te deja.

Sabía que Clara vivía algunos números mas arriba de la calle, con unos familiares, con los que compartían una relación de vecinos -aunque ella lo desconocía- de modo que no fue difícil convencerlos.

No podía levantarse de la silla, ahora sus piernas temblaban, sus pasos eran cortitos, la voz se le había vuelto débil. A sus dieciocho años, Clara no llegaba a entender; todo era indefinido, confuso, no conseguía descifrar aquello que había puesto un velo en una mirada transparente.

- ¿Ha estado enfermo? -Le preguntó a la esposa-
- Tiene la enfermedad de Parkinson ¿Sabes lo que es?
- Me suena pero no lo se muy bien

Pasaron al estudio donde tenía toda la obra, en los últimos el trazado se había vuelto cada vez mas distorsionado, pero curiosamente eran mejores porque la riqueza se encontraba en el color, un color conseguido con una sabia mezcla que producía sensación de sosiego.
Se fue triste y con el fin de averiguar en que consistía aquella enfermedad, que estaba haciendo daño a una familia, con la que se había encariñado y que podían ser sus padres. Consultó el diccionario médico, los libros que pudo en la biblioteca: "parálisis agitante", decía.

Pensó que tenía que hacer algo por él, le estaba enseñando lecciones de vida, porque muy a pesar del dolor, podía plasmar en el lienzo la belleza.

El curso se terminaba y Clara debía trasladarse a otra ciudad para seguir estudios universitarios. Fue a despedirse una tarde, se encontraba en una mecedora en el salón, distraído.

Vivía en la planta baja igual que ella y desde los balcones veían la calle a la misma altura,, con sus filas de acacias; por su proximidad a la catedral se escuchaban las campanas, a cada misa, a cada hora en el reloj de la torre. El deleite del sonido de campanas también le acompañó el resto de su vida. Nunca más volvió a vivir en una calle con tanta magia, aunque la recordó siempre.

Lo encontró mas sereno, la mirada estaba recobrando el brillo y transmitía paz. Le regaló un dibujo a carboncillo:

- Toma muchacha, un recuerdo, para que aprendas que hay que luchar contra las adversidades, ninguna enfermedad podrá robarme el placer de plasmar en el papel lo que veo, aunque el dibujo sea torpe, aflorará el sentimiento.

Lo mismo pensó Clara, que aunque alguna vez tuviera es enfermedad que decían que se llamaba Parkinson nada le impediría seguir escribiendo y le entregó aquel sobre que contenía el poema que ella misma escribiera en un momento difícil. Entre los tres recitaron:

Renacerá en primavera
el deseo de vivir
lo mismo que los almendros…

El resplandor de la tarde estaba dando paso a unas nubes plateadas, casi grises. Comenzaba a refrescar y Clara se levantó a cerrar la ventana, se veía ya la luna nueva y el lucero junto a ella. ¿Cuánto tiempo había pasado? Una hora, tal vez más. Era momento de empezar a preparar la cena.

Por aquellas contradicciones del destino, en la actualidad Clara sabía muy bien lo que era el Parkinson, pero dos cosas tenía siempre presentes: que el futuro lo constituía cada instante y que debía volar por encima de la cotidianeidad para volver a encontrar maravillosa la existencia.

Había oscurecido del todo,
Clara abandonó los recuerdos y encendió la luz.

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