Fue descrita por James Parkinson en 1817 como “Parálisis Agitante”, refiriendo en este nombre dos de los síntomas principales: la rigidez (parálisis) y el temblor (agitación).

El Parkinson se consideraba hasta hace no mucho como una enfermedad del sistema nervioso central de carácter neurodegenerativo, crónico y progresivo que afecta a una zona del cerebro llamada Ganglios Basales y en concreto a una parte del tronco del encéfalo denominada “sustancia negra”. Estas estructuras son las encargadas del control y de la coordinación del movimiento, del mantenimiento del tono muscular y de la postura, gracias a la actuación de la dopamina, sustancia que transmite la información necesaria para ello.

Cuando las neuronas de la sustancia negra que producen la dopamina se dañan, los niveles de ésta disminuyen y las estructuras que recogen la información que “transporta” no son activados como deben, lo que da lugar a la aparición de síntomas característicos de la enfermedad, como son el temblor, la rigidez, la inestabilidad postural y la lentitud y pobreza de movimientos.

Actualmente estamos siendo testigos de una revisión de la definición de la enfermedad, ya que la comunidad científica ha realizado avances que parecen confirmar que no sólo afecta al Sistema Nervioso Central, sino a otras estructuras del sistema nervioso. De ahí la gran variedad de síntomas que no son exclusivamente motores, como pueden ser la depresión, los trastornos cognitivos, la hipersudoración, alteraciones gastrointestinales, etc.

Es la segunda enfermedad neurodegenerativa que afecta al cerebro más frecuente después de la enfermedad de Alzheimer.

Cualquier persona puede padecer Parkinson y afecta prácticamente por igual a hombres y mujeres. Suele comenzar a partir de la sexta década de la vida, aunque no sólo afecta a personas mayores (se estima que un 20% del total de  los casos diagnosticados en España son menores de 50 años).

En Aragón hay más de 3000 personas afectadas, pero se estima que hay muchas aún sin diagnosticar.

La progresión de la enfermedad varía mucho en función de cada afectado. Aunque es una patología progresiva, con la medicación antiparkinsoniana (prescrita por los neurólogos) y las terapias de rehabilitación, se puede conseguir ralentizar la progresión y mitigar la intensidad  de los síntomas, mejorando la calidad de vida de los afectados.

La EP no causa la muerte, en contra de lo que muchos pueden pensar inicialmente.  No obstante, sí que se han de vigilar algunos síntomas que pueden crear complicaciones secundarias (alteraciones de la deglución, caídas, alteraciones respiratorias, etc).

 

La Federación Española de Parkinson (FEP) ofrece un servicio muy útil cuando de dudas sobre la enfermedad se trata. Se llama ‘Línea 902 113 942 Parkinson Responde’.

Tiene por objetivos asesorar, orientar e informar adecuadamente sobre la enfermedad, sus tratamientos y avances científicos y con ello reducir el aislamiento social y comunicativo, ofrecer un servicio de atención médica continuado y minimizar el tiempo de resolución de problemas o complicaciones asociadas a la enfermedad del Parkinson.

Un diplomado en enfermería (DUE), especialista en Parkinson, y un neurólogo especializado en trastornos del movimiento son los encargados de atender las consultas.

El horario de atención de la línea es de lunes a viernes de 10:00 de la mañana a 16:00 de la tarde.